Córdoba Patrimonio de la Humanidad - Historia de Córdoba

Historia de Córdoba desde su fundación en el año 171 antes de J.C. hasta nuestros días

CÓRDOBA EN LA HISTORIA


Grabado de George Vivian de 1838 del Molino de la Albolafia

CÓRDOBA ROMANA


Templo Romano de Córdoba

La actual ciudad de Córdoba fue fundada por el general romano Marco Claudio Marcelo en el año 171 antes de J.C. y mantuvo el mismo nombre de Corduba o "altozano junto al río" de un poblado turdetano surgido a finales del segundo milenio y cuyos habitantes vivían de la agricultura, la ganadería y el comercio de la importación de cerámica y la distribución de cobre procedente de Sierra Morena. Los habitantes de este poblado prerromano se incorporaron a la nueva ciudad que no tardó en convertirse en la capital oficiosa de la provincia romana Hispania Ulterior.

A partir del año 49 a. de J.C. Corduba se vio envuelta en la guerra que enfrentó a Julio César y Pompeyo hasta que la batalla de Munda en el año 45 dio el triunfo a César, que ocupó la ciudad tras un duro asedio.

La reconstrucción de la ciudad dio paso a una etapa de esplendor bajo época imperial, de tal forma que entre los siglos I y IV d. de C. se convirtió en la sede del procónsul y de la la asamblea provincial.

En esta época imperial la ciudad de Corduba estaba rodeada por un recinto amurallado, reforzado con torres de vigilancia y en el que se abrían las puertas que comunicaban con el exterior las calles principales. Como cualquier otra urbe la ciudad tenía dos foros, el colonial y el provincial, y grandes edificios públicos. como templos, circo, teatro, anfiteatro, acueductos, termas, grandes necrópolis y lujosas villas. A este periodo corresponden el desarrollo urbanístico y monumental que testimonian los numerosos hallazgos arqueológicos.

Corduba dio al Imperio Romano grandes hombres, como la familia de los Anneos, en la que destacaron Lucio Anneo Séneca, filósofo y preceptor del emperador Nerón, y su sobrino Marco Anneo Lucano, poeta que relató las luchas entre César y Pompeyo en su famoso poema La Farsalia.

A finales del S. III y comienzos del S. IV comienza la última etapa de dominación romana, coincidiendo con la expansión del cristianismo, muy perseguido por Dioclesiano y dejando múltiples mártires entre ellos los cordobeses Acisclo y Victoria.

Un cordobés, el obispo Osio, consejero de Constantino - el emperador que decretó la libertad de culto en favor del cristianismo- presidió en el año 325 el Concilio de Nicea en el que intervino en la redacción del Credo.

El traslado de la capital a Hispalis (Sevilla) y la invasión de los bárbaros a partir del siglo V, traen a Corduba malos tiempos después de tanto esplendor.

En el año 550 la vieja Colonia Patricia quedó muy destrozada por el saqueo de Agila, pero los imperiales dominaron hasta la conquista visigoda en el año 572 por Leovigildo. Una guerra civil de éste con su hijo Hermenegildo arruinó y destrozó aún mas Corduba.


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CÓRDOBA MUSULMANA


Mezquita - Arcos de Abd-al-Rahman I

En el año 711 una minoría visigoda es aplastada por las huestes árabes y la población de Córdoba comienza a ensayar un nuevo destino universal. Comienza así, en Octubre del año 711, el periodo de dominación musulmana, que se prolongará durante 525 años y que con el Califato alcanzará el el siglo X la época de mayor esplendor de Córdoba, su siglo de oro.

Córdoba nació para el Islam en el año 711 conquistada por Mugith al-Rumí el mas valeroso de los jefes que secundaban a Tariq b.Ziyad en el mando del ejercito invasor. La capitalidad de las tierras conquistadas por los musulmanes durante el primer lustro de acción bélica en la Península la ostentó Sevilla; pero a partir de Agosto del año 716, tal rango se adjudicó a Córdoba y se debió a al-Hurr que fue el primer emir que se instaló en el Alcázar de los Emires (hoy Palacio Episcopal). Pero cuando Córdoba empezó a recibir un trato de privilegio, materializado en grandes reformas urbanas de toda índole fue bajo el mando del sucesor de al-Hurr, el emir al-Samh que llegó a la Península revestido de poderes excepcionales concedidos directamente por el califa Umar b.Abd al-Aziz, quién le confirió directamente el emirato de al-Andalus independizándolo del de Ifriqiya. Reconstruyó el puente romano, restauró el muro Oeste de la muralla, fundó en la orilla izquierda del Guadalquivir, en el viejo suburbio romano de Secunda, el gran cementerio del Arrabal y una amplia musallao lugar de oración al aire libre, y finalmente restituyó a sus legítimos dueños las tierras que habían sido encautadas indebidamente. Y todo esto en solo dos años ya que murió en Junio del 721, ante los muros de Tolosa, en lucha con las huestes del duque Eudes de Aquitania.

A este pujante renacer de Córdoba como urbe, sucedió un periodo de mas de 30 años, durante el cual la ciudad se convirtió en escenario para dirimir todos los viejos pleitos que aún quedaban por resolver entre las distintas familias árabes que se habían ido aposentando en ella. El desconcierto provocado por estas luchas determinó la venida a Córdoba, en Mayo del año 756, de Abd al-Rahman I, el inmigrado, un descendiente de los califas Omeyas de Damasco que había logrado escapar de la cruenta persecución que había sufrido su familia. Tomó la ciudad, aglutinó a los clanes mas representativos y creó un emirato independiente de Damasco. La dinastía Omeya comienza así su reinado en el al-Andalus desde Córdoba, que se convirtió en corte real.

El viernes 14 de Mayo del 756 el emir Yusuf al-Fihrí fue derrotado a las puertas de Córdoba, en el llano de al-Musara, por el príncipe Omeya Abd al-Rahmán, el Inmigrado, el cual entró el la capital y, constituyéndose en la primera autoridad de al-Andalus, presidió jutba en la Aljama, con lo que inauguró, indirectamente, un nuevo periodo de la historia de la ciudad. Este monarca siempre sintió un extremado apasionamiento por su patria y las gentes de su casta, hasta el punto de que se consideró un extranjero en su propio reino y entre sus propios súbditos. Por ello, la primera cuestión que le preocupó, una vez afianzado el emirato, fue la de crearse una residencia que le evocara constantemente su Siria idolatrada y remota, y fundó en la sierra cordobesa, a unos 3 Kms. al norte de la capital, la hermosa finca al-Rusafa, en la que pretendió tener trasuntivamente, la Rusafa de Damasco, donde se había criado y desde donde su propia hermana Umm al-Asbag le remitió cuantas especies vegetales necesitó para dar realismo a aquel artificioso paraje.
Su falta de apego a Córdoba queda reflejada no tanto en las obras que realizó en ella como en las razones que motivaron las mismas. Así, hacia el 766, mandó reconstruir todo el recinto murado de la Madina, pero para decidirse a hacerlo, fue necesario que mediara un suceso en el que el Inmigrado estuvo a punto de perder la vida. lo que pone de manifiesto que el soberano solo buscó con dicha reconstrucción aumentar su propia seguridad y no la de los cordobeses.
Hacia el 785, cuando ya contaba unos 54 años de edad, y teniendo pruebas fehacientes que ya había consumido sus energías vitales en su constante lucha por la existencia y el poder, ordenó restaurar el Alcázar e hizo de él su morada habitual hasta el fin de sus días, lo que demuestra que la acción del monarca no tuvo por meta el desinteresado robustecimiento de la más señera construcción de la Córdoba de entonces, sino otra bastante menos altruista: el procurarse una residencia que superara, en fortaleza y garantía de indemnidad, a su artificiosa al-Rusafa.
Ni aún la fundación de la Gran Aljama de Occidente, que habría de inmortalizar su nombre, la concibió por pura filantropía, sino espoleado por la certidumbre de que se iba de esta vida y tenía que procurar pasar a la otra llevando en su haber una obra pía, cuanto menos, que le fuese computada como meritoria. La necesidad de una nueva aljama se hacía sentir, aproximadamente, desde el año 758, en que importantes grupos de omeyas y clientes marwaníes, venidos de Asia y África, se aposentaron el la capital e incrementaron de manera notoria, aparte del censo, el número de dignatarios del reino. La aljama que construyera Yusuf al-Fihrí ya no tuvo capacidad suficiente para albergar a todos, y la estancia en ella resultaba molestísima y el monarca intentó solucionar provisionalmente el problema a base de levantar tablados a media altura del edificio; pero como dicha altura era escasa, tanto quienes se colocaban en el suelo como quienes lo hacían sobre tales tablados apenas si podían ponerse de pie con normalidad, y la permanencia en el templo cada vez resultó mas incómoda y agobiante.
Por fin y espoleado por la certidumbre antedicha, Abd al-Rahmán se decidió a enfrentarse al problema y resolverlo de una forma digna: adquirió a los mozárabes el resto de lo que éstos aún conservaban de su viejo cenobio de San Vicente; mandó demoler todo el conjunto incluida la antigua iglesia convertida en aljama y, sobre el solar resultante, ordenó poner los cimientos de la que había de convertirse en la Gran Aljama del occidente islámico.
El gran acontecimiento acaeció a principios de Septiembre del 786, cuando Abd al-Rahmán I ya había cumplido 30 años al frente de los destinos de al-Andalus; pero su decisión tuvo tanto de efectiva como lo había tenido de tardía, puesto que, cuando el soberano murió dos años después, el 30 de Septiembre del 788, su propósito ya se había convertido en una realidad tangible y maravillosa; un extraordinario templo de once naves, noble fábrica, monumentales proporciones y peregrina arquitectura.
Finalmente, el Inmigrado fue enterrado el la Rawda del Alcázar, la cual quedó exclusivamente reservada para monarcas desde entonces, y se destinó una parte de la Maqburat al-Rabad para enterramiento de los demás miembros de la gran familia marwaní afincados en la capital.

Hisham I, su hijo y sucesor, se distinguió siempre por su piedad, sencillez y gran amor al prójimo. En sus días se introdujo la doctrina malikí en la Península, y guiado por celo religioso nada común, contribuyó personalmente a la divulgación de la misma y la impuso como oficial a sus vasallos por considerarla como la representante de la más pura ortodoxia islámica; pero protegió con exceso a los alfaquíes de esta escuela jurídica a quienes colmó de cargos y prebendas, y tal protección, que rayó en el favoritismo, sería la raíz del más grave problema de gobierno que se plantearía a su sucesor. Remató con éxito la construcción de la Gran Aljama iniciada por su padre, dotando al monumento de una torre o sawmu`a, un pabellón de abluciones o mida`a y una galería o saqifa destinada a la oración de las mujeres. Realizó importantes obras de consolidación en el puente de la capital. Erigió dos pequeñas mezquitas gemelas en la fachada Sur o principal del Alcázar, y las edificó con materiales traídos desde Narbona en el año 793. También parece ser que fue el fundador de otra mezquita, que se denominó del Amir Hisham, y que es hoy la iglesia de Santiago. Y cuando murió, el 28 de Abril de 796, fue enterrado en la Rawda, junto a la sepultura de su progenitor.

Le sucedió en el trono su hijo al-Hakam I, que fue el primer monarca Omeya que se preocupó por elevar el nivel cultural de sus súbditos y, a tal efecto, meditó un ambicioso plan de importación de grandes maestros orientales del que él no llegó a obtener fruto alguno porque falleció a poco de ponerlo en práctica, pero que tuvo una trascendencia inusitada. Si embargo no es ese el plan al que debió su celebridad, sino a su manera cruel y despiadada de conducirse en la lucha que se vio obligado a mantener contra los alfaquíes, los cuales no se resignaron a perder los privilegios que habían conseguido obtener del bondadoso Hisham, cuando al-Hakam se decidió a quitárselos. Este lucha culminó en un motín inspirado por dichos teólogos que acaeció en el año 818 y tuvo por principal escenario el suburbio de Secunda y paso a las crónicas como la Revuelta del Arrabal. A él puso fin el soberano mediante la más feroz represión que registran los anales de los Omeyas españoles. Fue creador de una milicia mercenaria jocosamente apodada de los Silenciosos por constituirla extranjeros que no hablaban el árabe, y a ella encomendó la custodia del Alcázar, cuyo recinto reforzó de manera considerable al igual que la muralla de la ciudad. Cuando murió el 21 de mayo del 822, fue enterrado en la Rawda, junto a sus mayores.

Mihrab de la Mezquita

Abd al-Rahmán II, su hijo, le sucedió en el trono y continuó su línea política, particularmente en el campo cultural: atraer hacia Córdoba, sin reparar en gastos, a las figuras que vinieran sobresaliendo, por Occidente, en las distintas ramas del saber de entonces o, en su defecto, conseguir ejemplares de sus obras más significativas para divulgarlas por la Península. Su gobierno reportó una prosperidad inusitada a todo al-Andalus y a Córdoba muy particularmente. La capital incrementó un ensanchamiento considerable por al-Chanid al-Garbi, cuyas tierras se vieron enriquecidas con no pocas fundaciones particulares de mezquitas, baños, cementerios, ect. debidas a personas pertenecientes al entorno familiar del monarca. Llevó a cabo importantes fundaciones como las de Dar al-Sikka o Casa de la Ceca, destinada a la acuñación de moneda, y la Dar-alTiraz o Casa del Tiraz, dedicada a la elaboración de ricos tejidos, tapices y colgaduras. En 827, hizo reconstruir con gran solidez una calzada o rasif que corría por la orilla derecha del río a todo lo largo del lienzo sur del recinto de la Madina. La Gran Aljama mereció su atención en dos ocasiones: una en 833, cuando mandó edificar en los costados este y oeste del patio sendas galerías altas destinadas a la oración de las mujeres, y la segunda, en 848, ampliando la sala de oración unos 26 metros hacia el Sur. Por último, parece ser que a él se debió la instalación de una siqaya o rueda hidráulica en el molino de Kulayb, hoy de la Albolafia, para elevar el agua del río hasta el Alcázar. Cuando falleció el 22 de Septiembre del 852, fue inhumado el la Rawda.

Muhammad I fue digno heredero de su padre y antecesor. Le ocupó el honor de rematar las obras emprendidas por su padre en la Gran Aljama, dando fin al decorado de la parte nueva y renovando el de la antigua, con lo que dichas obras se alargaron hasta el año 855, y un decenio después estableció, ante el nuevo mihrab, una maqsura o zona acotada, destinada a la oración del monarca y su séquito. También prosiguió remozando el Alcázar, construyendo en su interior nuevos qusur o palacios. Y cuando murió el 4 de Agosto del 866, recibió sepultura en la Rawda, el panteón de sus mayores.

Los sucesivos reinados de sus hijos al-Mundhir y Abd Allah, coincidieron ya la gran sublevación de los muladíes del Sur peninsular y Córdoba conoció días de penuria y escasez durante todo ese agitado período. Las obras que se realizaron fueron pocas y afectaron principalmente a la Gran Aljama y al Alcázar. Así, por ejemplo, al-Mundhir dotó a la primera hacia el 867, de una Bayt al-Mal o Cámara del Tesoro, para guardar el dinero procedente de las mandas pías al templo y destinado a los menesterosos. Abd Allah, por su parte, puso la maqsura erigida por su padre en comunicación directa, mediante un sabat o pasadizo cubierto, con el Alcázar, y abrió en éste una nueva puerta, la Bad al-Adl o Puerta de la Justicia, donde le gustaba sentarse una vez a la semana para dar audiencia a los oprimidos. y tanto al-Mundhir como Abd Allah, su hermano, cuando murieron fueron sepultados en la rawda. El primero el 29 de Junio de 888 y el segundo el 15 de Octubre del 912.

Abd al-Rahmán III, nieto y sucesor de Abd Allah, llegó al trono firmemente dispuesto a restaurar la autoridad y el prestigio de la dinastía Omeya en todo al-Andalus y, siete años más tarde, había conseguido virtualmente su propósito. Para celebrar tan fausto acontecimiento, a comienzos del año 929, tomó la transcendental decisión de ordenar que se le llamase en los escritos dirigidos a él y se le invocase en las aljamas con los títulos supremos de Jalifa o Califa y Amir al-Mu´minin o Príncipe de los Creyentes y que se le asignase desde entonces el laqab o sobrenombre honorífico de al-Nasir li-Din Allah, << El que ayuda a la religión de Allah>>. La jutba correspondiente al 16 de Enero del 929 se pronunció en la Gran Aljama dándole los expresados títulos supremos, y en esa fecha quedó constituido, por tanto, de manera oficial el Califato de Occidente, en cuyos días Córdoba iba a vivir la época más importante y floreciente de toda su larga historia y a convertirse en la población más grande de la Europa de entonces a la par que una de las más cultas del mundo de su época.
A finales del 928 mandó construir una nueva Dar al-Sikka o Casa de la Ceca, para acuñar moneda y un palacio dentro del Alcázar, junto a la Rawda. En el 951 ordenó agrandar el patio de la Gran Aljama, ampliándolo hacia el norte; esa obra supuso la demolición de la vieja sawmu`a o torre de Hisham I y la construcción de otra de mayor planta y altura, y la fachada norte del monumento quedó situada, desde entonces, en el mismo lugar donde se alza actualmente.

Salón rico en Madinat al-Zahra

Sin embargo, no fueron estas obras, a pesar de su importancia, las que dieron a Abd al-Rahmán III o al-Nasir justa fama de gran constructor, sino la fundación, el 19 de Noviembre del 936, de una magna ciudad residencial, Madinat al-Zahra´ o la Ciudad de al-Zahra´, a la que dedico un apartado en el menú y que denominó así accediendo a la antojadiza petición de al-Zahra´, una muchachita de su círculo íntimo a la que profesaba mucho afecto. Fundó la nueva Madina sobre unos terrenos situados a unos 8 Kms. al noroeste de la capital, al pie de la vertiente meridional de la sierra cordobesa, y se desveló lo indecible para conseguir que la flamante urbe tuviese pronto vida propia: en 941 ya se pronunciaba la jutba en su aljama; en 945, al-Nasir pasó a residir en ella con sus casas civil y militar y la corte en pleno, y, un poco más tarde, fueron trasladados también a ella la Dar al-Sikka y demás servicios públicos, con lo que al-Zahra´ se convirtió en la residencia oficial de todos los organismos estatales del Califato. Las riquezas de todo orden que se acumularon en al-Zahra´ fueron fabulosas y uno cualquiera de sus machalis o salones bastaba para causar el asombro, por su suntuosidad y sorprendente fábrica, de cuantos lo contemplasen, lo que hizo que el soberano los convirtiese en el escenario preferido para la recepción de las muchas embajadas que arribaron a su corte, entre las que sobresalieron: la de la Reina Toda de Navarra, acompañada de su nieto Sancho I de León, la de Juan de Gorze, enviado de Otón I de Alemania y varias más venidas de Bizancio. La fundación de al-Zahra´. además, el rápido desarrollo de la población cordobesa por el costado occidental o al-Chanib al-Garbi, y los arrabales de Córdoba quedaron unidos con los de la nueva urbe en un corto espacio de tiempo. Abd al-Rahmán III murió en Córdoba el 16 de Octubre del 961, y fue enterrado el la Rawda del Alcázar, junto a sus antepasados.

Su hijo y sucesor, Al-Hakam II, adoptó el laqab de al-Mustansir billah, << El que busca la ayuda de Allah >>, y abrió su califato con la inauguración de las obras para una nueva ampliación de la Gran Aljama. En virtud de esta ampliación, las más sublime de cuantas ha experimentado el monumento, la sala de oración alcanzó la profundidad que tiene actualmente y se vio enriquecida con el maravilloso mihrab y la serie de pabellones cupuliformes que hoy se admiran en ella: el primero es único en el Mundo, y el los segundos se tiene el origen de las bóvedas nervadas en Arquitectura. Simultáneamente se estuvo trabajando también en Madinat al-Zahra´ para rematar su construcción.
El califa al-Mustansir fue un hombre de una cultura extraordinaria y su amor a libros junto con sus ilimitados recursos económicos le permitió reunir en su biblioteca hasta 400.000 volúmenes, muchos de los cuales eran ejemplares únicos de un valor inestimable; esta pasión del soberano contagió a no pocos cordobeses cultos, que se convirtieron en renombrados bibliófilos, y el Suq al-Kutub o Mercado de los Libros de la capital alcanzó, desde entonces, una bien merecida fama en todo el orbe islámico por las numerosos transacciones comerciales que se hacían a diario en el mismo con base en toda clase de manuscritos. Murió Al-Hakam II a principios de octubre del 976 y fue el último soberano de su dinastía que recibió sepultura en la Rawda del Alcázar.

Hisham II, hijo único de al-Hakam, sucedió a su padre sólo de nombre, ya que todo su califato transcurrió bajo el signo dictatorial de los amiríes. El primero de éstos fue Muhammad ibn Abi`Amir, el omnipotente Almanzor, que llevó a cabo importantes fundaciones en Córdoba, entre las que destaca la de una nueva ciudad residencial a la denominó al-Madina al-Záhira o la Ciudad Brillante, parafraseando el nombre de la magna construcción de Abd al-Rahmán III; la edificó a unos 3 Kms. al sureste de la capital, en unos terrenos de la orilla derecha del Guadalquivir conocidos por al-Ramla o Arenal. Inició su construcción en el 979 y la dio por finalizada dos años después trasladando a ella todos los organismos estatales que habían venido radicando el Al-Zahra´ ; permitió a sus altos funcionarios que levantasen sus palacios en torno a la nueva madina, y los arrabales orientales de la capital quedaron unidos con los occidentales de al-Záhira en poco tiempo, con lo que la población cordobesa ocupó una extensión muy considerable y llegó a rebasar, muy probablemente, el millón de habitantes. A este respecto, conviene puntualizar que, según un censo de inmuebles de la época, Córdoba contaba, con 1.600 mezquitas, 213.077 casas ocupadas por la plebe y la clase media, 60.300 más en las que vivían los altos empleados y la aristocracia, y 80.455 tiendas.
Para ajustar la Gran Aljama a las exigencias del momento, Almanzor mandó ampliarla hacia el este y dio al monumento las dimensiones con las que ha llegado hasta nosotros; esta ampliación se inició en 987, y, en virtud de ella, la sala de oración se aumentó en algo menos de 2/3, ignorándose cuando se terminaron las obras porque el dictador amirí prohibió que ninguna inscripción conmemorase el acontecimiento para evitar que fuera redactada a nombre de Hisham II.

Muerto Almanzor en 1002, se afianzó en el gobierno de Al-Andalus su hijo Abd al-Malik al-Muzaffar, y Córdoba siguió desarrollándose normalmente sin que se produjera en su planteamiento urbano novedad alguna digna de mención; pero, al morir al-Muzaffar en 1008, víctima de una intriga tramada por su hermano Abd al-Rahmán Sanchuelo, y arrogarse éste el poder, el panorama político de la capital cambió radicalmente, y, a consecuencia de ello, ésta comenzó a vivir, unos meses después, el período más luctuoso de su larga existencia.

Este período comenzó el 15 de Febrero del 1009 con  el alzamiento del príncipe omeya Muhammad II al-Mahdí contra los amiríes y terminó el 1 de Diciembre del 1031 con la liquidación oficial del califato de los Banu Umayya de Occidente e instauración de la taifa de los Banu Chahwar en Córdoba. En estos 23 años se sucedieron hasta 14 gobiernos distintos y acaecieron los acontecimientos más trascendentales

En efecto, el citado 15 de febrero y por orden de Muhammad al-Mahdí, el populacho cordobés atacó y ocupó al-Záhira, la odiada residencia de los amiríes, la cual fue sometida a un saqueo total y arrasada por completo, y la misma suerte corrieron todas las grandes mansiones que habían levantado los magnates amiríes en las proximidades de ella. El 4 de Noviembre del 1010, los mercenarios beréberes que habían nutrido años atrás los ejércitos amiríes y bajo la bandera del príncipe Omeya Sulaymán al-Musta`in, sublevado contra su pariente al-Mahdí desde junio del 1009, tomaron por asalto Madinat al-Zahra´ a la que saquearon  y destruyeron, mientras unos contingentes de milicianos cordobeses hacían lo propio con la vieja residencia de al-Rusafa por haber servido ésta de morada, unos días antes, a Sulaymán y sus huestes. A continuación al-Musta`in  puso cerco a la capital que resistió su asedio hasta el 9 de mayo del 1013. La Córdoba califal dejó de existir: sólo quedaron de ella la al-Madina y una pequeña parte de al-Chanib al-Sharqi, los dos únicos sectores que se habían librado de la destrucción. Y, alrededor de ambos, unos inmensos campos pletóricos de espantosas ruinas patentizaron durante muchos años después cual había sido la autentica extensión urbana de aquella ciudad en los mejores tiempos de su historia.

Tras la citada liquidación oficial del Califato Banu Umayya de Occidente e instauración de la taifa de los Banu Chahwar en Córdoba, el 1 de Diciembre del 1031, hasta el 29 de Junio del 1236 que fue conquistada para la Cristiandad por Fernando III el Santo, se abre un período de dos siglos en los que Córdoba pierde para siempre la hegemonía política de la España musulmana, pero no la pérdida de la hegemonía cultural. Muy al contrario, fue en la época poscalifal, cuando Córdoba, viviendo con dignidad su decadencia política y urbana, aportó a la cultura mundial los dos talentos más preclaros y famosos del saber de entonces: el musulmán Abu-l-Walíd b. Rushd o Averroes (1126-1198) y el judío Musa b. Maymún o Maimónides (1135-1204).


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CÓRDOBA CRISTIANA


Parroquia de Santa Marina

Tras la conquista cristiana, Córdoba es vaciada de musulmanes y ocupada por repobladores castellano- leoneses, que participan en el reparto de tierras. Entre estos nuevos pobladores destacan los nobles -generalmente hidalgos segundones- que a cambio de defender la frágil frontera con el vecino reino nazarí de Granada, acumulan poder y fortuna y detentan los primeros señoríos otorgados por Fernando III. Entre aquellos linajes destacan los Fernández de Córdoba, descendientes del adalid Domingo Muñoz, uno de los participantes en la conquista de la ciudad. En contraste con pasados siglos de esplendor, la Córdoba bajomedieval pierde protagonismo histórico y es, a menudo, escenario de luchas intestinas que mantienen los nobles para apoyar enfrentadas rivalidades dinásticas y defender o ampliar sus privilegios. Así, en la guerra civil que entre 1366 y 1369 enfrentó a los partidarios de Pedro I el Cruel y su hermano bastardo Enrique de Trastámara, el apoyo de Córdoba a este último le costó duras represalias de Pedro I, hasta ser derrotado en la batalla del Campo de la Verdad, a las puertas de la ciudad, lo que impidió que tomara Córdoba.

La inmensa mayoría de los habitantes de la Córdoba del siglo XIII y su reino son campesinos que trabajan en los grandes cortijos de la nobleza y de la burguesía. Al lado de la masa rural encontramos otro sector que se dedica a tareas no agrícolas. Son los innumerables  menestrales de medios urbanos, los herreros, albañiles, carpinteros, odreros, armeros, silleros, caleros, canteros, etc.
La historia de este incontable grupo humano la hemos podido seguir en uno de sus aspectos más dolorosos. Porque, tras el optimismo de las conquistas del siglo XIII y de la participación en pequeña escala en los repartimientos, es un pueblo cuyo oficio durante casi toda la Baja Edad Media será sufrir. Sufrir epidemias, carestías, alza de precios, hambres. Su liberación será la muerte. Grandes crisis atacaron al pueblo de Córdoba siendo la primera la Peste Negra en 1349 seguida de otra entre los años 1363-64. Son años de una extensa mortandad y una inmensa carestía de dinero. Así, el pueblo llega a finales del siglo de las calamidades diezmado, famélico y físicamente deshecho.

En el siglo XV, con la llegada de los Reyes Católicos a Córdoba, para emprender de modo definitivo la guerra con el Reino de Granada, Córdoba se convierte en cuartel general de las tropas y recupera algo se su esplendor. En aquellos años se construyen  edificios de inestimable valor, en el arte gótico-mudéjar , por los famosos Gonzalo Rodríguez Sangrelinda y sus sucesores los Hernán Ruiz, todos naturales y vecinos de Córdoba. Trabajan en el coro de Iñigo Manrique en la Catedral, en el Alcázar de los Reyes Cristianos, Calahorra, Castillo de Almodóvar, conventos de Santa Marta, Santa María de Gracia y Capilla Mayor de la Catedral. También fueron notables los plateros cordobeses, como el joyero árabe Mulí, que hizo numerosas joyas a los Reyes. Se desplazaron a Córdoba numerosos artesanos no sólo españoles sino de otros países, unos dedicados a la construcción de barcos a orillas del Guadalquivir. En la Huerta del Maimón se establecieron hornos de fundición de hierro para la construcción de cañones por maestros italianos y alemanes. Se restauran los molinos del Guadalquivir y se construyen otros nuevos por la enorme demanda de harina para el Ejercito. Aumenta notablemente la población en la ciudad y los arrabales; se aderezan viejos mesones y se construyen otros nuevos. Los baños públicos toman un incremento notable. La gente se divierte en espectáculos públicos: en la Bufonería en la calle Blanco Belmonte; en el Teatro en la calle Jerónimo Páez. Escritores y vendedores de libros, entre ellos Cristóbal Colón. Juegos de "pelota", de "sortija", carreras pedestres, corridas de toros en la Corredera o los Alcázares Reales.
Durante la estancia de los Reyes Cristianos en Córdoba, nace su hija doña María, el 28 de junio de 1482, la que había de ser reina de Portugal fue bautizada en la Iglesia Catedral.
Estando los Reyes Católicos en Córdoba, recibieron por primera vez, el 20 de enero de 1486 a Cristóbal Colón; no quedando satisfechos, se estudian sus proyectos, que se consideran como quiméricos. En esta ciudad Colón conoció a Beatriz Enríquez de Arana, con la que entabló relaciones y tuvo a su hijo Fernando. Beatriz vivía con su tío Rodrigo Enríquez de Arana, en la calle Gilete (Juan de Mena), donde también habitaba un hijo de éste, llamado Diego de Arana, que prestó a Cristóbal Colón 50.000 maravedíes para ayuda del viaje a Indias.
Terminada la guerra con los moros, con la entrega de Granada el 2 de Enero de 1492, Los Reyes Católicos dirigen sus pasos hacia los judíos y se acuerda su expulsión. Córdoba perdió su importancia comercial, industrial y agrícola y muchos de sus habitantes se fueron a América y a Sevilla, donde de habían desplazado los grandes negocios.


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LA CÓRDOBA DE LOS AUSTRIAS

Plaza de la Corredera

La historia de las ciudades, la historia local, tiene importancia y significación distinta dentro de la historia nacional, según la época de que se trate, pues, en el transcurso de los siglos, las ciudades han tenido más o menos suerte con relación a los acontecimientos que en el solar patrio se han desarrollado. Incluido el reino de Córdoba, entre los muchos que integraban el inmenso patrimonio hereditario de los Austrias, es natural, que la ciudad que en otros tiempos fue la brillante capital del califato o la residencia más o menos circunstancial de los Reyes Católicos a últimos del siglo XV, no fuese otra cosa que la cabeza de uno de tantos reinos y señoríos como enumeraban los Habsburgos en el encabezamientos de sus mercedes y privilegios.
No pasan desapercibidos para Córdoba los hechos que jalonan el reinado de Carlos I, y, de manera especial, el movimiento de las Comunidades, ya que dirigentes del mismo, desde Toledo, intentan atraer a Córdoba, por la importancia de la ciudad, por la poderosa nobleza que en ella residía y por la situación estratégica de llave de Andalucía. El Ayuntamiento de Córdoba desatendió tal petición, lo que motivó que la ciudad recibiese cartas del Emperador agradeciendo su lealtad.
Al contraer el monarca matrimonio con Isabel de Portugal, hija de don Manuel el Afortunado y de una cordobesa, nacida en nuestro Alcázar, doña María, hija de los Reyes Católicos, pasó por Córdoba.
En las guerras exteriores la presencia de los cordobesas siempre es destacada. Don Martín de Córdoba, después de intervenir en el cerco de Fuenterrabía y ser Virrey de Navarra, pasa a África, donde se apodera de Temecén y muere heroicamente quedando su hijo prisionero.
Ya antes de subir al trono Felipe II, había recibido importantes servicios de los cordobeses. Cuando marchó a Inglaterra para casar con María Tudor, llevó en su acompañamiento varios miembros de la nobleza de la ciudad, como don Luis y don Antonio de Córdoba y don Alonso de Aguilar.
Al comenzar en diciembre de 1568 la rebelión de los moriscos de la Alpujarra, Córdoba, como en tiempos de los Reyes Católicos, cuando la guerra de Granada, se volverá a convertir en base de operaciones. El Corregidor Zapata ordena a los caballeros se reúnan en el Campo de la Verdad y salgan para Granada el 4 de Enero de 1569. Contrastando con la salida de estos hombres, está la llegada a Córdoba de numerosos grupos de moriscos prisioneros, procedentes del reino de Granada. Como muchos de ellos desertan el rey mandó que fueran trasladados a Galicia y Castilla, pero el Consejo de Córdoba, pidió a Felipe II, dando prueba de sentimiento cristiano y humanitario, los dejase en la ciudad donde se avecindaron y permanecieron sus descendientes hasta la expulsión en tiempos de Felipe III.
Como consecuencia de la duración de esta guerra Felipe II decidió venir a Córdoba. Llegó a Córdoba el 22 de Febrero de 1570 y su llegada fue descrita en numerosas relaciones de la época.
Nombres de gentes de aquí encontramos en todos los acontecimientos de la época. En el proceso de Carranza, un cordobés, Céspedes, es en Roma su más ardiente partidario, otro, Simancas, su más decidido acusador; Ambrosio de Morales hace, por orden del rey, el relato del proceso. En Lepanto estuvieron también muchos de los nuestros, entre ellos los escritores Juan Ruzo y Gonzalo de Cervantes Saavedra
El reinado de Felipe III cuenta con un cronista cordobés, don Luis de Góngora y Argote, y lo consideramos como tal porque en sus versos, y sobre todo en sus cartas, están recogidos gran parte de los acontecimientos de este reinado (1598-1621). Las cartas de Góngora son un documento de primera mano, por las noticias que da a sus amigos de Córdoba, este capellán real, de los sucesos de la Corte.
El hecho más importante de la política interior en este tiempo fue, sin duda, el extrañamiento de los moriscos, que comenzaron a salir de Córdoba el 6 de Febrero de 1610, siendo unos 4.500 el número de expulsados. Aún conserva el nombre de "Moriscos", la calle del barrio de Santa Marina, donde vivieron muchos de ellos hasta la referida expulsión.
Los acontecimientos más notables del largo reinado de Felipe IV (1621-1665), en relación a Córdoba, son de índole muy diversa. La visita del monarca, camino del Coto de Doñana en 1624 y el llamado "motín del pan" en 1652, motivado por la carestía que se experimentó aquel año.
Poco hubieron de notarse en la vida de la ciudad los sucesos del reinado de Carlos II, aunque sí son notables las contribuciones con que Córdoba acude a las necesidades del reino; pues en la primera guerra con Francia, por la posesión de los Países Bajos, en 1667, la reina gobernadora doña Mariana de Austria pidió al Obispo de Córdoba don Francisco de Alarcón, que levantase a su costa una compañía de infantería, de cien hombre, petición que el obispo atendió, reclutando las tropas y situándolas en Cádiz, lo que mereció la gratitud de la reina.
En el orden local, es de destacar el buen gobierno del corregidor don Francisco Ronquillo Briceño, a quien entre otras mejoras se debe la obra de la plaza de la Corredera, unificando la fachada de la misma con sus soportales.
La dinastía de los Austrias termina con la muerte de Carlos II en Noviembre de 1700. El obispo, Cardenal Salazar, celebró los funerales del monarca y bendijo el Estandarte Real en la proclamación de Felipe V.


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LA CÓRDOBA DE LOS BORBONES


Plaza de los Dolores

El reino de Córdoba. al igual que el resto de Andalucía y Castilla, reconoce el testamento de Carlos II, el último de los Reyes españoles de la Casa de Austria, y se muestra decidido partidario de que ocupe el trono Felipe V, el primero de los Borbones hispanos, que fue proclamado el 3 de Diciembre de 1700, en la plaza de la Corredera.
La ciudad y su reino cooperaron con hombres y recursos al triunfo de Felipe V, destacándose la aportación del Obispo que contribuyó con un regimiento de infantería.
Había entonces una relación directa de la Monarquía con las ciudades y villas.. El 15 de Enero de 1704, escribe Felipe V a la ciudad, para que se hicieran preparativos en orden a su defensa, por saberse que venían los aliados a invadir las costas de Andalucía. Fue el ataque que acabó con la pérdida de Gibraltar.
La guerra fue larga y tuvo diversas alternativas. Dada la posición central de Córdoba dentro de Andalucía, también de  vio afectada por el desarrollo de la contienda en el interior del país, y cuando el Archiduque Carlos se apoderó de Madrid en 1710 y quedó Andalucía incomunicada, se enviaron tropas a caballo para la guarda de los Puertos de Sierra Morena, a fin de impedir una posible entrada del enemigo por la Mancha.
La proclamación de los Reyes se rodeaba de particular solemnidad. De estas solemnidades ha quedado cumplida referencia en escritos de la época que nos cuentan las más significativas, como la del efímero Luis I, efectuada en la torre del homenaje del Alcázar el 20 de Febrero de 1724; la aclamación de Fernando VI en los días 6 al 11 de Noviembre de 1746 y los comienzos de los reinados de Carlos III (en 1759) y Carlos IV (en 1789).
En este siglo hay un conocido afán de mejorar la cultura popular. En este sentido se lleva a cabo en Córdoba el establecimiento del Colegio de niñas de Santa Victoria en un edificio construido por el arquitecto Ventura Rodríguez en 1794. Otra fundación docente importante fueron las Escuelas Pías, a iniciativa del deán D. Francisco Javier Fernández de Córdoba, que obtuvo por decreto del 3 de Agosto de 1787 la cesión del que fue colegio de Jesuitas de Santa Catalina. Se amplía la enseñanza en el Seminario de San Pelagio y se transforma el antiguo Colegio de la Asunción. Pero la  fundación más interesante en el aspecto cultural, fue la Real Sociedad Patriótica, creada en 1789 e impulsada  por D. Manuel María de Arjona en 1803.
El paisaje urbano de Córdoba conserva todavía numerosos huellas del siglo XVIII, particularmente en los edificios religiosos que se construyen en esta época. Corresponden también a este siglo las Caballerizas Reales, la Plaza de los Dolores, los numerosos triunfos de San Rafael y palacios de la nobleza como el del Vizconde Miranda.
Las noticias del alzamiento del pueblo madrileño contra los franceses el 2 de Mayo de 1808, llenan de intranquilidad a la ciudad, si bien el Ayuntamiento se limitó a adoptar una aptitud de cauto recelo ante la convocatoria por Napoleón de la Asamblea de Notables de Bayona, el la que debía estar representada Córdoba, como ciudad con voto en Cortes.
Fue la llegada de un enviado de la Junta constituida en Sevilla, cuando se formó otra análoga en Córdoba, defensora como aquella de los derechos de Fernando VII como legítimo rey de España, lo que implicaba un enfrentamiento con los invasores.
Un ambiente de intensa exaltación patriótica se apoderó entonces de los cordobeses, que ante la eventualidad de un posible ataque francés hacen preparativos militares con los que se improvisa en ocho días un ejército llamado <<Vanguardia de Andalucía>>. Estaba a su frente el general don Pedro Agustín de Echevarri que intentó vaidnte detener al ejército invasor, unos 18.000 hombres mandados por el general Dupont, en el puente de Alcolea, el día 7 de junio de 1808.
Desecho fácilmente por las tropas francesas aquel improvisado ejército, entran en la ciudad por la Puerta Nueva, pero el disparo de un patriota contra Dupont dio lugar al más triste episodio de la historia contemporánea cordobesa. Durante tres días fueron implacablemente saqueadas las casas y los templos de la ciudad y sometidos sus habitantes a todo género de desmanes.
Pocos días después la ciudad sería evacuada por los franceses, que el 19 de Julio fueron derrotados en Bailén.
Córdoba cayó de nuevo bajo dominación francesa desde comienzos de 1810 hasta septiembre de 1812, sufriendo las penalidades inherentes a toda ocupación extranjera, que se acentuó por escasez y carestía de subsistencias.
Al quedar la ciudad libre de la dominación francesa, fue proclamada la constitución política de la monarquía, aprobada por las Cortes de Cádiz de 1812, pero su vigencia fue precaria, pues ya antes de conocerse que vuelto Fernando VII a España en 1814 había decretado la anulación de cuanto legislaron las Cortes de Cádiz, un tumulto popular destruyó la lápida de la Constitución colocada en la plaza de la Corredera y repuso a las autoridades del régimen absolutista.
Este enfrentamiento entre absolutistas, partidarios del antiguo régimen y liberales o reformadores, va a caracterizar profundamente la vida cordobesa durante las primeras décadas del siglo XIX.
La nueva proclamación de la Constitución de 1812 tras el levantamiento de Riego en Cabezas de san Juan, en 1820, fue celebrada en Córdoba con gran solemnidad.
A la muerte de Fernando VII, en 1833, fue proclamada reina Isabel II, ocasionando un sucesivo cambio político, al buscar la reina gobernadora doña María Cristina el apoyo de los elementos liberales. Una de las primeras medidas adoptadas en Córdoba fue el desarme de los voluntarios realistas.
La revolución de Septiembre de 1868 sería el último hecho histórico de ámbito nacional en que Córdoba asume un importante papel protagonista, al salir de esta ciudad el ejército liberal que, al mando del general Serrano, impidió a las tropas leales a Isabel II el paso por el puente de Alcolea, hecho que puso fin al reinado de Isabel II.
A la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII, a finales de 1874, contribuyó de modo destacado en Córdoba el conde de Torres Cabrera, insigne prócer sinceramente preocupado por el desarrollo económico y social del país.
La tradición cultural de la ciudad va a cobrar un destacado impulso con la fundación de la Academia General de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, debido al canónigo D. Manuel María de Arjona.
La figura más representativa del siglo XIX en Córdoba, fue el duque de Rivas, poeta y dramaturgo romántico de merecida fama. Otros nombre destacados fueron el ya citado Arjona; los filósofos Muñoz Capilla y Rey Heredia; el historiador Ramírez de las Casas Deza; el poeta Fernández Grilo y el humanista Francisco de Borja Pavón.


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LA CÓRDOBA DEL SIGLO XX


Nuevo trazado del Paseo de Córdoba

La centuria que acaba de terminar ha sido decisiva para Córdoba. Los cambios habidos a lo largo de sus décadas han ido preparando la ciudad para su paso al futuro. Poco a poco, y siempre en medio de interminables debates, los proyectos han ido siendo realidad cambiando la configuración de una ciudad que a la vez que progresa ve como su economía deja de depender del campo, cómo el patrimonio monumental se convierte en una fuente de riqueza y cómo pasa a ser un importante nudo de comunicaciones gracias a su privilegiado enclave geográfico.
La ciudad llegó al pasado siglo XX como un gran poblado de raíces agrarias por el que no había pasado la revolución industrial. Contaba con unos 58.000 habitantes. Un gran número de sus calle permanecía sin pavimentar y mal iluminadas. La ausencia de alcantarillado potenciaba la situaciones de falta de higiene y salubridad. Los escasos visitantes se maravillaban ante un patrimonio monumental tan extenso como abandonado al que los cordobeses de la época no valoraban en toda su dimensión. La enseñanza de impartía en 1900 en sólo cuatro centros: el instituto, el seminario y las escuelas de Magisterio y de Veterinaria.
A lo largo del reinado de Alfonso XIII, la población comparte el clima negativista que estaba extendido a lo largo y ancho de todo el territorio nacional. Las consecuencias de la pérdida de las colonias de ultramar y la sangría de la guerra de África pesaban también como una losa en el ánimo de los cordobeses. El turnismo político estaba agotado y se reclamaban nuevas fórmulas.
En Córdoba, la llegada de la dictadura de Primo de Rivera el 13 de Septiembre de 1923 supone el ascenso al poder de José Cruz Conde y Fustegueras que marcará prácticamente la década. Desde la alcaldía diseña importantes obras de infraestructura propias de una ciudad como el abastecimiento de agua potable. la apertura de nuevas calles, la creación de nuevos espacios ajardinados, etcétera que se irán desarrollando en el mandato de sus sucesores.
La irrupción de la República abre la ventana de la esperanza tras el agotamiento del régimen militar anterior. Una nueva clase política llega al poder y unos nuevos modos de entender la gestión se implantan en las instituciones aunque en Córdoba también se reflejan los vaivenes del régimen. A pesar de no vivir directamente la virulencia de la guerra civil, en la ciudad se sufren las consecuencias de las represiones que se ejercieron sobre la población.
El régimen de Franco tiene en Córdoba un nombre propio en sus primeros años: Manolete. La relación de amor/odio de la población con su ídolo alcanzaría la cumbre tras la muerte del diestro en Linares el 28 de Agosto de 1947. Desde entonces ocupa un lugar en la mitografía de la ciudad.
La llegada del obispo fray Albino González Menéndez-Reigada (1946) y del alcalde Antonio Cruz Conde y Conde (1951) suponen el inicio de la que se ha dado en llamar la "década prodigiosa" (1951 - 1961).
Los cincuenta son los años en los que Córdoba recupera parte del retraso arrastrado desde antiguo. Desde la labor social sin parangón del prelado hasta las acciones desarrolladas desde el Ayuntamiento, Córdoba experimenta un importante salto adelante en sólo unos años. Cruz Conde revaloriza el patrimonio monumental y crea la infraestructura necesaria en una ciudad de su tiempo como un aeropuerto, el segundo puente que se construye sobre el Guadalquivir desde la época romana, hoteles, remozado de pavimentaciones y alumbrados, nuevos barrios, etcétera.
Los años finales del franquismo en Córdoba se viven con languidez de no ser por la estela brillante que deja el nuevo maestro del toreo Manuel Benítez "El Cordobés".
Nuevo trazado del Paseo de Córdoba Quizás el proyecto que con mayor mimo se acaricia sería el de la construcción de la nueva estación del tren, que luego se frustraría con la llegada de la democracia. En ese periodo hay que incluir la creación de la Universidad que vendría a dotar de perspectivas de futuro a las generaciones de jóvenes cordobeses.
Julio Anguita, por el Partido Comunista de España, es el primer alcalde de la democracia. Nuevos aires entran en el Ayuntamiento en el que el concepto de participación ciudadana se implanta como bandera de su gestión. Tras su mandato, el soterramiento del ferrocarril y la gestión de los terrenos liberados de Renfe, así como las actuaciones en el Guadalquivir son las líneas fundamentales que han definido la actuación municipal en la última década del siglo XX.
La Córdoba que entra en el siglo XXI poco tiene que ver con la de un siglo antes. Los centros docentes se han multiplicado en todos los niveles, destacando el nacimiento de una Universidad que goza de gran prestigio en varios campos. La atención sanitaria se centraliza en el Hospital Reina Sofía, el único de Andalucía con el programa completo de trasplante de órganos. Las comunicaciones dieron un importante salto al formar Córdoba parte de la primera línea de AVE que se instala en España.
El reto de presenciar los cambios de las últimas décadas, han demostrado que Córdoba se puede acercar al futuro, puede dejar de llegar tarde a los cambios que se producen y avanzar con el prestigio de su pasado.


Bibliografía. Fco. Solano Márquez Cruz. Itinerarios por la ciudad. Vive y descubre Córdoba. Editorial Everest S.A 2000:Manuel Ocaña Jiménez. Córdoba Musulmana Editorial Everest S.A. 1975: José María Ortiz Juárez. La Córdoba de los Austrias. Editorial Everest S.A. 1975: Juan Gómez Crespo. Córdoba Moderna y Contemporánea. Editorial Everest S.A. 1975: Córdoba recuperada. Edit. El Día de Córdoba

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