Córdoba Patrimonio de la Humanidad - Los Sotos de la Albolafia

Amarillo el limón, la palma ardiente, la granada de sangre, la dorada naranja en el vergel, la perfumada higuera, traen su aroma del oriente. (Julio Aumente)

Panorámica de los Sotos de la Albolafia

Los Sotos de la Albolafia


Así se denomina al tramo del río Guadalquivir que, a su paso por la ciudad de Córdoba, queda delimitado por el Puente Romano y el de San Rafael.
Tal vez pudiera pensarse que, por su emplazamiento urbano, es un paraje degradado, antropizado, casi sin interés como para ser destacado. Pero una corta visita a los Sotos de la Albolafia -que toman su nombre de la vieja noria árabe existente en el paraje-, unos prismáticos y, si es posible, un telescopio terrestre, alejarán cualquier tipo de duda.

Sotos de la Albolafia Lo primero que atraerá la atención del observador será, probablemente, la gran cantidad de pájaros blancos, no todos iguales como parece a simple vista: garcillas, garcetas y gaviotas contribuyen a esa llamativa trama de puntos blancos. Una vegetación muy variada, formada por tarajes, álamos, fresnos, eucaliptos, incluso alisos, entre los que crecen adelfas y zarzas. En las orillas y, sobre todo, en las islas dominan especies más típicamente acuáticas, tales como eneas, esparganios y lirios de agua, formando un denso manto vegetal que, en ocasiones, impide ver tierra firme. En la época de floración el paisaje adquiere tintes de espectacularidad; una gran variedad de tonos verdes se conjugan con los rosas de las adelfas y los amarillos de los lirios. El entorno monumental completa el paisaje natural: la gran Mezquita-Catedral, el Alcázar de los Reyes Cristianos, la Calahorra, el viejo Puente Romano, siempre bajo la atenta mirada de San Rafael, y los antiguos molinos harineros árabes.

Pero si algo ha hecho que este espacio, mitad natural, mitad urbano, sea digno de protección, es, sin duda, el interés de la comunidad ornítica:
120 especies de aves han sido detectadas, hecho sorprendente si se tiene en cuenta su pequeña extensión, poco más de dos hectáreas; proporcionalmente, tan importante como cualquier reserva natural andaluza. La ley protege a la mayoría de ellas, entre las que existen verdaderas joyas de la fauna ibérica. Por citar algunas, el morito, una especie de ibis muy raro en nuestro país; la garcilla cangrejera, ardeido catalogado en peligro de extinción; y el águila pescadora, una de las rapaces más amenazadas de la Península.

A lo largo del año las aves se van reemplazando unas por otras, según la fonología. Así, las hay invernantes - por ejemplo, cormorán, garza real, gaviota reidora y sombría -, estivales -avetorillo, martinete, cernícalo primilla, carricero-, de paso -milano negro, avefría, avoceta, cigüeñuela- y sedentarias -polla de agua, ánade real, calamón y cigüeña blanca-.

Las especies más simbólicas, por raras o curiosas, quizás sean el calamón, hace algunos años relegado a las marismas del Guadalquivir; el cormorán grande, que, procedente de Centroeuropa, retorna todos los años tras recorrer miles de kilómetros; el martinete, garza nocturna poco frecuente en España; y el fumarel común, habitante de medios costeros que a menudo se hace pequeñas incursiones río arriba.

Otra de las peculiaridades de este trozo de naturaleza es la existencia de una colonia de garzas, toda una pajarera, como la llaman en Doñana. En unos cuantos árboles crían garcillas bueyeras, sobre las que se estiman 350 parejas; martinetes, en torno a las 60 -la tercera colonia en importancia de Andalucía-; garcetas comunes, con 5, a las que en algunos años se han sumado la garza imperial y la garcilla cangrejera; y bajo los elementos arbóreos, los avetorillos, pequeñas garzas mucho más retraídas y esquivas, tratan de sacar a su prole entre las eneas.

Y lo más curioso es que todo esto acontece en medio de una ciudad de más de 300.000 habitantes.

Antonio Leiva Blanco (Biólogo)


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