Córdoba Patrimonio de la Humanidad - Madinat-Al-Zhara

La Fundación hacia el año 940 y destrucción de la ciudad de Madinat-Al-Zhara a partir del año 1010

MADINAT AL-ZAHRA

La fundación y destrucción de la ciudad



Recepción califal en Madinat al-Zahra según el pintor Dionisio Baixeras, 1885


En el 2° cuarto del siglo X, el primer califa de al-Andalus Abd al-Rahman al-Nasir (Abd al-Rahman III) construyó una nueva ciudad en las proximidades de Córdoba, Continuando así una larga práctica iniciada en el mundo islámico oriental que vinculaba la dignidad califal con la creación de grandes núcleos urbanos muy próximos a las antiguas ciudades, como si se tratase de un atributo obligado y exclusivo del califa.

Vista aérea Salón de Abd al Rahman III

La fundación de una ciudad puede ser, por tanto, resultado de la decisión individual y singular del califa, pero ésta nada tiene que ver con su capricho personal, por más que la imagen que la cultura occidental haya forjado de estos gobernantes sea la del déspota oriental, con un poder ilimitado y sólo atento a la satisfacción de sus placeres sensuales, entre los cuales, un desmedido amor hacia una de sus favoritas podría justificar por sí solo la erección de todo un centro urbano de la entidad de Madinat al-Zahra.

Las causas reales que movieron a Abd al-Rahman a fundar la ciudad son complejas. Las escasas referencias que suministran las fuentes islámicas inciden en dos hechos, del todo intrascendentes y relacionados, de distinta forma, con los estados de ánimo del califa. Para Ibn Elayyan, que escribió su obra a mediados del s. Xl, fue la desmoralización producida por la derrota ante el monarca astur-leonés Ramiro II en la batalla de Simancas en el año 939, la que llevaría al califa a distraer su mente con la construcción de una ciudad, como una especie de cura psicológica.

Edificio Basilical Superior

La versión de Ibn Arabi, transmitida a través del compilador magrebí al-Maqqari en el siglo XVII, es, sin embargo, la que ha hecho fortuna después de transformarse en leyenda: la decisión de Abd al-Rahman se explica como una prueba de amor del soberano hacia una muchacha de su servidumbre, al~Zahra, de la cual tomaría el nombre la nueva ciudad. De acuerdo con este relato, la inversión económica inicial procedería del legado hecho por una concubina para el rescate de cautivos musulmanes en tierras cristianas, que fue utilizado por el califa para otros fines -la construcción de la ciudad-, al no haber encontrado esos cautivos que redimir.
Frente a estas razones, la investigación de los últimos años vincula la construcción de la urbe con el nuevo orden de cosas surgido en al-AndalUs en las primeras décadas del siglo X y cuya primera manifestación será la adopción del título califal (amir al-muminin, Príncipe de los Creyentes) por Abd al-Rahman en el año 929. El nuevo califa proclamaba así su independencia, no tanto del califato abbasí de Bagdad, como de sus vecinos norteafricanos, los fatimíes, que en apenas veinte años habían sometido bajo su control un extenso territorio entre los actuales estados de Túnez y Argelia, amparados precisamente en la autoridad de la dignidad califal, autoproclamada por el fatímí Ubayd Allah en el año 910. Esta expansión, que amenazaba de forma importante los intereses del estado omeya en el Magreb, exigió de Abd al-Rahman la puesta en práctica de todos los recursos políticos, económicos e ideológicos disponibles a fin de contrarrestar la ofensiva fatimí: la adopción del título califal, la reanudación de las acuñaciones de moneda en oro y la fundación de una ciudad que materializara de manera inmediata la autoridad del nuevo Estado.
Desde esta perspectiva histórica, el nombre de la ciudad se aleja del referente directo de una mujer y nos sitúa ante una traducción, también posible, más cercana a su realidad material y simbólica como “la ciudad brillante".

Salón de Abd al Rahman III

La nueva urbe se emplazó al oeste de Córdoba, a unos 8 kilómetros en línea recta de su amurallado occidental, al pie de las últimas estribaciones de Sierra Morena que cierran por el norte el valle del Guadalquivir. Su posición privilegiada sobre el espolón más avanzado de la sierra que penetra en la llanura, le confiere un dominio visual sobre una amplísima zona, de varias decenas de kilómetros, y garantiza la exposición permanente de la ciudad sobre uno de los territorios más fértiles y ricos de la Península.

En este lugar excepcional e irrepetible del borde meridional de la sierra próxima a Córdoba, Abd al-Rahman III erigió una auténtica ciudad y no una mera residencia palaciega. Su forma es rectangular y sus dimensiones son, aproximadamente, 1.515 m. de lado en el sentido este-oeste y 745 m. en el norte-sur, con una superficie intramuros de unas 112 Ha.

Vista aérea de la Madina

La fotografía aérea vertical y el plano topográfico muestran un recinto geométrico casi perfecto que se deforma en el lado septentrional para adaptarse a la topografía más abrupta del terreno. Una gruesa muralla de 260 m. de ancho dotada de torres cuadrangulares, de mayor tamaño y saliente en los ángulos, cierra el recinto. Al exterior de este amurallado, en los lados norte y oeste, se intuyen restos de edificación que pueden corresponder a pequeños enclaves defensivos, en tanto que en el meridional se identifica un extenso núcleo de construcciones asociadas a uno de los caminos de acceso a la medina.
A pesar de la relativa abundancia de fuentes escritas existentes sobre la ciudad, sólo un número reducido de textos han sido redactados por autores contemporáneos a los hechos que se narran. Por ello, lo que hoy poseemos sobre al-Zahra constituye “un conglomerado de noticias discordantes, mezcla de datos históricos, de leyendas y de confusiones” que exige una enorme precaución en el uso de esos textos, ya que buena parte de ellos fueron transmitidos verbalmente, contaminándose con hechos y noticias de otros lugares alejados geográficamente de la Península y escritos varias décadas o siglos después de estar arruinada la ciudad.
Los datos acerca de su edificación, sus medidas totales, el número de obreros y animales de carga empleados, la cantidad y procedencia de materiales, la duración de las obras y los gastos originados por la construcción, aparecen repetidamente señalados en diversas fuentes históricas y literarias, sobre todo en las tardías, sin que exista acuerdo entre las mismas y, a veces, en abierta contradicción con los datos que suministra la investigación arqueológica.
Esta exhaustiva enumeración de trabajadores, especializados o no, variedad y riqueza de materiales e inversión económica -que no puede aceptarse de forma literal-, constituyen temas recurrentes y repetidos en otras fundaciones islámicas de Oriente, destinados a mostrar tanto la opulencia de la ciudad como, sobre todo, el poder y la talla política de su fundador.

Salón de Abd al Rahman III

La falta de acuerdo en los textos se observa, incluso, en la fecha inicial de la construcción: Ibn Hayyan indica el año 329 H./940-941 d.c., frente al resto de los autores para quienes el comienzo de las obras se sitúa en los inicios del año 325 H., precisando incluso que comenzaron el día primero de dicho año (19 de noviembre de 936). Aunque esta última fecha resulta sospechosa de autenticidad, al partir en dos el reinado de Abd al-Rahman, adjudicándole los primeros 25 años de su gobierno a guerrear (911-936) y los 25 siguientes a construir (936-961), podría resultar compatible con la primera si aceptamos que los necesarios y costosos trabajos de ingeniería y explanación de terrenos comenzaron unos años antes de realizar el auténtico esfuerzo constructivo, al que debe referirse Ibn Hayyan.
Estas mismas fuentes tardías señalan una parte del proceso de creación de la ciudad y la cronología con la que se traspasaron, desde Córdoba, algunos órganos burocráticos y administrativos del aparato estatal hasta la definitiva consolidación del nuevo centro de poder. La mezquita aljama quedó concluida en el año 329 H./940-941 d.c. y se edificó -según al-Maqqari- en tan sólo 48 días; la calzada que unía Madinat al-Zahra con la antigua residencia de Abd al-Rahman III, la munyat al-Naura (almunia de la Noria), se pavimentó en el 330/942; cuatro años más tarde, 334-335/945, consta que el califa residía ya en Madinat al-Zahra; en el 336/947-48 se trasladó la Dar al-Sikka (Ceca, Casa de la Moneda) desde Córdoba a la nueva ciudad, traslado que el registro numismático confirma con monedas acuñadas en Madinat al-Zahra ese mismo año lo que implica la existencia de una infraestructura técnica y de servicio importante para acoger estos talleres Asimismo, en esos primeros años debió instalarse la Dar al-Sina`a el centro artesano oficial, al tiempo que Abd al-Rahmanl alentaba la edificación y el poblamiento en la ciudad recién creada con importantes medidas fiscales, entregando 400 dirhams a todos aquellos que construyeran vivienda junto al soberano, razones que explican el rápido éxito de Madinat al-Zahra observado por el geógrafo lbn Hawqal a mediados del siglo X.

Salón de Abd al Rahman III

Siendo importantes estas noticias y con independencia de la falta de rigor de alguna de ellas (por ejemplo, la fecha de terminación de la mezquita y los 48 días empleados en su ejecución) que nos da idea sólo de una frenética actividad constructiva, la ausencia de textos correspondientes a la última década del reinado de Abd al-Rahman, la que va de los años 951 a 961, nos priva de conocer cuál fue el alcance y el contenido originario del nuevo centro de poder y, sobre todo, a qué obedeció la transformación radical en el urbanismo del Alcázar que muestra la realidad arqueológica en esa década.
Las fuentes escritas sólo señalan que estas obras se prolongaron durante 40 años, 25 correspondientes al reinado de Abd al-Rahman III (936-961) y 15 al de su hijo al-Hakam (961-976), al que su padre había confiado personalmente el control de las mismas desde los primeros momentos, bajo la dirección técnica -según al-Maqqari- del arquitecto Maslama b. Abd Allah. Con esta afirmación genérica y vaga sólo parecen querer decir, en realidad, que la actividad constructiva se detuvo en la ciudad tras la muerte del segundo califa, a lo que debemos añadir que, con posterioridad, se constatan arqueológicamente diversas reformas en el sector excavado que no alteraron en lo sustancial ni la imagen ni la estructura urbana ya fijadas.
Durante este breve e intenso período de esplendor, correspondiente a los reinados de Abd al-Rahman y al-Hakam, la ciudad se convirtió en un fastuoso escenario para la recepción de embajadas extranjeras. Comitivas procedentes de los reinos cristianos del norte de la Península, de la corte imperial alemana, de Bizancio y, sobre todo, los dirigentes de las tribus Zanatas del Magreb -aliados de los omeyas en su lucha contra los fatimíes-, desfilaron por los salones de recepción de Madinat al-Zahra, convirtiéndose en los mejores propagadores, a nivel internacional, de la autoridad del nuevo Estado y la opulencia de su emblemática ciudad.

Casa de Ya'Far

La muerte de al-Hakam II en el año 976 significó el inicio de su decadencia. El traslado de los talleres de la Ceca a Córdoba, efectuado en ese año, constituye probablemente el primer síntoma de este declive.
Parece que el nuevo califa Hisam II siguió viviendo en la ciudad, pero su autoridad fue sólo nominal; el poder político y militar se concentró paulatinamente en manos de su primer ministro (hayib), Almanzor, que fundó una nueva urbe al este de Córdoba llamada Madinat al-Zahira, instalándose en ella en el año 370 H./ 981 d.C. junto con la corte y los servicios administrativos, que fueron trasladados desde al-Zahra. La ciudad quedó apartada del centro de actividad política: no tenemos noticias de nuevas recepciones de embajadores y, poco a poco, debió entrar en un estado de languidez del que ya no se recuperaría.
La serie de luchas internas que iniciaron la desintegración del califato omeya, acaecida entre los años 1010 y 1013 -lo que se denomina 2ª Fitna -, significó el comienzo de su saqueo y destrucción. En repetidas ocasiones la ciudad se utilizó como cuartel general de operaciones contra Córdoba de los distintos contendientes en litigio, sobre todo por parte de los bereberes acaudillados por Sulayman al-Mustain. En sus deseos de legitimar su autoproclamada dignidad califal, éste llegó incluso a poner en marcha las instalaciones de la Ceca -inactiva desde hacía más de 30 años-, acuñando a su nombre monedas de oro y plata durante la la mitad de 1010.
Según las fuentes escritas, en mayo del año 1013 estos bereberes abandonaron definitivamente Madinat al-Zahra para apoderarse de Córdoba, que había capitulado, no sin antes consumar su saqueo e incendio.
La sistemática expoliación de la arruinada urbe se inició desde ese momento, corriendo, pues, la misma suerte que las diversas residencias levantadas por los soberanos omeyas y los miembros de la aristocracia vinculada al Estado, igualmente saqueadas y destruidas durante la fitna.
Plomo de las tuberías, planchas de cobre de las puertas, capiteles, fustes, basas y maderas constituyeron, tal como nos cuenta Ibn Hayyan, el primer material objeto
de expolio que fue vendido aproximadamente entre los años 1043 y 1062, al final del reinado de los Banu Yahwar, a las cortes de los principales reyes de las taifas en que se fragmentó al-Andalus. La fascinación y ensoñación ejercida por los restos de la ciudad la convirtieron en punto de reunión y tránsito de poetas, cortesanos y príncipes que evocaron con nostalgia el esplendor de un estado de cosas desaparecido, ya irrecuperable, al tiempo que se apoderaban mediante saqueo de los elementos materiales más cualificados que identificaban esa concepción del poder.

Casa de Ya'Far

Algunos de los mejores versos del siglo XI escritos en lengua árabe utilizaron el escenario privilegiado de la ciudad como objeto de mitificación desde la recreación poética.
Las dominaciones almorávide (1091-1148) y sobre todo, almohade (1148-1236) intensificaron el despojo de las ruinas y la dispersión de sus mejores materiales: la mezquita mayor de Granada, la mezquita al-Qarawiyyin de Fez, la Giralda de Sevilla, la Qasba de Marrakech, la torre de Hassan en Rabat -entre los edificios religiosos—, y buena parte de los alcázares y residencias palaciegas de al-Andalus y el norte de África, constituyeron el lugar de destino de piezas califales, cuyo uso, al menos en época almohade, sabemos que formaba parte del programa arquitectónico oficial de esos califas.
A mediados del siglo XII aún vivía un corto número de familias entre las ruinas, pero con el paso del tiempo, el recuerdo de la ciudad fue perdiendo claridad y precisión hasta llegar a confundirse, en los escritos de los historiadores árabes más tardíos, con la fundación de Almanzor, Madinat al-Zahira, terminando por desconocer qué noticias correspondían a una ciudad y cuáles a otra, e incluso confundiendo el emplazamiento de ambas, tal como le ocurre a al-Himyari en el siglo XIV.

Mezquita Aljama

La conquista castellana de Córdoba por Fernando III en 1236 vino a significar la explotación indiscriminada de las ruinas de la ciudad como cantera. Para entonces la urbe había perdido hasta su nombre, pasando a depender de la Corona, primero, y del Concejo cordobés, después, por donación expresa de ese monarca, bajo la denominación de “ruinas del castillo de Córdoba la Vieja”. Lo que restaba de ella, por tanto, a los ojos de los nuevos conquistadores del s. XIII no era otra cosa que algunos lienzos de murallas y torres a punto de derrumbarse para siempre, que más debían asemejarse a los despojos de una fortaleza que a los restos de la fabulosa ciudad.
La utilización de su piedra como material constructivo se convirtió desde la Baja Edad Media y durante toda la Edad Moderna, en una garantía y un requisito imprescindible para la realización de las obras con las que el nuevo orden surgido tras la conquista adaptaba Córdoba a sus nuevas necesidades. Además del vecino monasterio de San Jerónimo, comenzado a edificar en 1408, innumerables casas nobles, iglesias y hospitales se levantaron con los sillares de la maltrecha urbe, en un dilatado periodo que va a alcanzar prácticamente hasta el siglo XIX. Algunos picos y azadas recuperados en las excavaciones, así como ingentes cantidades de mármol y alabastro, preparado para su introducción en los hornos de cal y yeso, constituyen los vestigios arqueológicos de esta explotación.
Fue Ambrosio de Morales, el monje humanista que vivió en el siglo XVI en el citado monasterio de San Jerónimo, el primero que acertó a dar una interesante y completa descripción de los restos de la ciudad y de los monumentos más significativos de su entorno: los puentes inmediatos –desmontados para la construcción del monasterio-, y el acueducto de Valdepuentes. La regularidad y geometría de los restos observados y su fábrica de gran aparejo llevaron, sin embargo, al que fuera cronista de Felipe II, a confundir los restos de la ciudad califal con el asiento de la Córdoba romana fundada por Claudio Marcelo a mediados del siglo II a. C.
Este error en la identificación se mantuvo hasta 1627 en que el cordobés Pedro Díaz de Ribas señaló el carácter árabe de las construcciones, asociándolas de manera concreta a un gran palacio erigido por Abd al-Rahman III, aunque sin precisar que se trataba de Madinat al-Zahra. Esta misma tesis fue sostenida por los distintos anticuarios y eruditos del siglo XVIII, entre ellos el P Francisco Ruano en 1760 y Antonio Ponz en 1792.
Habrá que esperar hasta mediados del siglo XIX, con los inicios del moderno arabismo español y con él la traducción de uno de los autores importantes para el conocimiento de la ciudad, al-Maqqari, para que definitivamente se recupere la memoria histórica sobre la mítica fundación califal, que ya había sido identificada por J. A. Ceán Bermúdez en 1832 con el campo de ruinas conocido como Dehesa de Córdoba la Vieja.
Pero esta constatación literaria de su existencia no irá seguida, en estos momentos iniciales, de su recuperación física.
Un primer intento de excavación, guiado más por la curiosidad romántica de confirmar el sitio como el verdadero asiento de la ciudad que por un interés científico que permitiera garantizar la continuidad de los trabajos, fue realizado en 1854 por Pascual de Gayangos y Pedro de Madrazo, resultando infructuoso por los problemas surgidos con el propietario de los terrenos. Habrá que esperar a los albores del siglo XX, cuando una nueva historia de Madinat al-Zahra, la de su recuperación, comience a hacerse efectiva.


Texto Antonio Vallejo Triano, director del Conjunto Arqueológico Madinat Al-Zahra desde 1985 hasta Febrero 2013
Guía Oficial del Conjunto Arqueológico Madinat Al-Zahra
Edita; Junta de Andalucía, Consejería de Cultura 2006

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